viernes, 2 de noviembre de 2018

Lo que florece una vez al año.


Siempre juntas, siempre opuestas. La muerte viva, la vida muerta. Dignificando la delgada línea en una fecha fija, el calendario se tiñe de colores fronterizos, se viste con el velo de la fantasía y se pinta la cara de realidad.

Un país, una raza, una sangre que honra los que ya no están pero que mientras sean recordados nunca dejarán de ser.

Una letra, una melodía, una voz que llama y seduce la ausencia de los ausentes y busca eternizar la presencia de los presentes.

Un altar, una persona, una intención de glorificar el peso de la existencia, de degustar los placeres una vez más y ritualizar la naturaleza de lo efímero.

Un pan para endulzar la amarga partida de un ser querido, un tequila para acompañarle y una flor para guiarle y recordarnos que somos mortales. 

Unas palabras, unas rimas, unas risas para empalmar una figura con su destino, para jugarle al tú por tú a la muerte, para diluir, en tinta y papel, la suerte.

Un sollozo, unas manos empuñadas y unas lágrimas para distinguir lo perenne y resignarse a lo marcesible.

Un cielo, un infierno, una catrina que condecora el final, advierte la traición y posa, estática, con tal de atraer abundancia.

Una ofrenda, una corona, una fiesta para enaltecer a nuestros difuntos y para estar en paz nosotros, sus vivos…

Siempre juntas, siempre opuestas. La muerte viva, la vida muerta.

-Ulises García.

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