Y entonces me enamoré… Sí, me enamoré de la chica del camión. Un romance fugaz, de varias cuadras, de sudores, amontonamientos y pláticas de desconocidos, de "¡suben!, ¡bajan, joven!".
Se necesita estar pendejo para enamorarse en el camión, caer en las garras de estos amores condenados al olvido y fantasear con conquistas fortuitas. Sí, sin duda, se necesita estar lo suficientemente pendejo.
La triste despedida ocurrió en la siguiente parada.
Me quedé estático, de pie en la banqueta, pensando y soñando todavía con la hermosa chica que viajaba en el camión de la ruta Pitillal-Ixtapa, la del asiento del otro lado del pasillo. Me quedé con la resaca y el vacío que dejan los amores frustrados que nunca iniciaron.
El tráfico y el vaivén de la gente apurada borraron poco a poco su imagen.
Los latidos del corazón volvieron a su ritmo normal, las nubes de algodón y las mariposas desaparecieron, luego hice la parada al siguiente camión que iba al Viejo Vallarta.
Voy sentado en el asiento del lado de la ventanilla, viendo el mundo sin mirar...
—¿Puedo sentarme?
¡Diablos! Esos ojos, esa sonrisa de pie... El corazón otra vez alocado. Sí, se necesita estar muy pendejo para enamorarse en el camión.
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