Por los que a través
de nuestra pupila vemos un renglón y plasmamos lo que somos, observándonos en
las propias intenciones de todo eso que no somos.
Por la lira, por el
mártir, por las rimas, por el lápiz.
Por el “por”, por la
ironía. Por la hipérbole de amanecernos de noche y anochecernos de día.
Por aquéllos, los
ajenos, los alienados y también por los sindicalizados.
Por los que ganan
premios internacionales, por los que una moneda a cambio de un poema es el
único premio que esperan.
Por los que aceptan
el trabajo, en ocasiones, más peligroso y a la vez, gratificante que existe.
Por los que describen
el agua en la roca y el petróleo en las plantas.
Por esos, los que les
tiembla la muñeca cuando les tiembla el alma.
Por los que se
arrancan las uñas del empeño por siquiera arañar la verdad.
Por los que sufren.
Por los que gozan.
Por los que adoran
las desventuras en la comedia y la gracia en las tragedias.
Por los que se
endulzan los metacarpos para salivar tinta.
Por los que tienen
quemadas las yemas de los dedos de puro hastío.
Por los que tiñen las
historias de rojo, por los que gustan de matar al protagonista, por los que
detestan que no haya cigarrillos, por los que valoran las extrañas
costumbres, por los que les da igual si hay vasos y no hay alcohol.
Por todos los que
nunca son escuchados o leídos.
Por los que atrapan
al lector desde la primera página. Por los que son mandados muy lejos en el
librero antes de pasar de párrafo.
Por los que son procesados en la fábrica del prólogo.
Por los que son
atacados por el editor. Por los que son borrados por la censura.
Por los que violentan
una página para contrarrestar la violencia del mundo.
Por los que hacen
llorar, rabiar, reflexionar o hacer estremecer la piel en un escalofrío
centelleante.
Por todos los que
necesitan necesitar la melancolía para dejar en los huesos las letras. El amor,
para enardecer las páginas y embelesar la lírica. La naturaleza, para que
lluevan ideas y florezca la trama. La filosofía, para tenderle trampas a la
realidad. La ciencia, para estrujar la verdad. El tiempo, para cauterizar los
miedos. La realidad, para valorar la fantasía. La fantasía, para añorar la
realidad.
Por los que con una
mano empuñan la pluma y con la otra el corazón.
Por los que no
respetan las reglas.
Por los hambrientos
de estabilidad emocional.
Por esos que están
siendo tragados por su tierra natal.
Por los Bernard Marx,
los Harry Haller, por las Dulcinea, los Ahab, los Fausto, por los Roquentín,
por las Lotte, por los Gregorio Samsa, por las Mrs. Ramsay.
Por los guardianes de
la literatura clásica. Por la secta de los de la superación personal. Por el
cónclave de los bestseller. Por el gremio de los que escriben algo que nadie
entiende. Por el grupo de los que escriben por internet. Por la sección de los
Nobel. Por los del género que esclarecen otro arte o disciplina. Por el rubro
de los hechos película. Por la orden de los “enmarca pasiones”. Por el clan de
los que todos creen entender pero son incognoscibles hasta para sí mismos. Por
la cuadrilla de la perdición.
Por los que honran la
agonía, por los de mente sátira.
Por los asqueados de
vida, los agentes de la futilidad.
Por los que nacen,
por los que se hacen o hemos hecho.
Por los que somos…
por los que escribimos… Por los que somos lo que escribimos…
Por los que aun
muertos, escribiremos lo que vivimos.
-Ulises García.
¡Felicidades Ulises!
ResponderBorrarUn abrazo,
Andrea Villaseñor