Viernes,
el día tan anhelado por aquellos quienes trabajan por arduas horas durante la
semana, por fin había llegado.
Era viernes,
con su sabor a libertad, con su olor a cerveza fría y con la melodía de la risa
entre amigos. Llegaba pomposo y rimbombante y cada semana era venerado y bien
recibido, era como ese tío al que se le ve un par de veces al año sin embargo,
todos los sobrinos acuden a su llegada, pues trae consigo diferentes regalos
que entrega sin miramientos y con una eterna sonrisa en su rostro ¿A caso el
sobrino deseaba un tarro de cerveza? ¿A caso deseaba dormir entre los pechos de
una mujer diferente? Lo que quisiera el sobrino, era el tío viernes quien se
ofrecía a entregarlo todo en bandeja de oro sin reparar en nada, únicamente sonreía
y carcajeaba, mirando como todos sus sobrinos, ciegos de lujuria, embriagados
de deseo, caían hasta el profundo abismo de los excesos, en un viernes.
Sin embargo,
era precisamente esta aparentemente noble cualidad del viernes la que me hacía
detestarlo desde el primero de sus minutos. Esta entrega de desenfreno, de
esperanza, de diversión aparentemente gratuita era lo que me hacía rechinar los
dientes y maldecir a la existencia misma en cada minuto que esto durase. Detestaba
el sentimiento tan asqueroso que la lastima traía consigo – pobres criaturas,
se revuelcan agonizantes en el insulso ir y venir de los demás días – decía el viernes
– incapaces de soportar el peso de la existencia en sus hombros, jugare con
ellos un poco, seré un héroe, tendré piedad de ellos y con la benevolencia de
un Dios mirare insatisfecho con los ojos llenos de vergüenza lo que mis
criaturas han alcanzado. Les venderé una esperanza falsa, les daré aquello que
no pueden tener y después se los he de arrebatar porque ese es mi derecho –
reía el viernes mientras que transcurría con mayor lentitud, diluyendo a sus seguidores
y llenando moldes seriados que arrojaba a las calles y con las que llenaba los
bares y los salones de baile.
Viernes,
con v de verdugo, con v de vergüenza. Era mi apocalipsis semanal en que subía
al estrado y bajaba la cabeza a la espera de la hoja que vendría a cortar mi
cabeza, a hacerme pagar por mis crímenes. Y si acaso me atreviese yo a pedir misericordia
ante el duro tribunal, mis ojos encontrarían que desde el juez en turno, hasta
los testigos presentes, todos tenían mis ojos en su rostro, los mismos ojos con
que había llorado el lunes su partida, aquellos con que el martes mire lleno de
odio al imbécil que patio al perro de la vecina. Ojos vacíos, ojos que miraban
al pasado y eludían el contacto con el viernes, ojos que buscaban cerrarse para
nunca volver a abrirse en un viernes ni en ningún otro día de la semana. Si en
alguna época fui parte de aquellos que miraban con gesto de gratitud al
viernes, eso había quedado atrás, en un pasado que apenas y era visible para mí,
un pasado oculto entre nubarrones y frías corrientes de aire que calaban hasta
lo profundo de mis huesos. Fuertes ráfagas de viento que me traían el sonido de
voces de antaño cortaban mis brazos y hacían sangrar cada centímetro de este
rostro que ahora se había vuelto inmutable y resuelto en la aceptación de un
destino incierto, en el que definitivamente los viernes no formaban parte
alguna.
Viernes
por la mañana y solamente podía pensar ¿Es necesario vivir otro viernes más? Viernes
con v de vuelta, viernes con v de venir, con v de venas que quieren ser cortadas
y que a través de ellas se me escape el alma y sea capaz de alcanzar la
elevación más añorada, elevación en la que todo sea olvidado y dejado atrás,
regresar al origen, a lo eterno e inamovible. Viernes con v de verdad.
J. Lykaios.
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