viernes, 20 de abril de 2018

Viernes.


Viernes, el día tan anhelado por aquellos quienes trabajan por arduas horas durante la semana, por fin había llegado.
Era viernes, con su sabor a libertad, con su olor a cerveza fría y con la melodía de la risa entre amigos. Llegaba pomposo y rimbombante y cada semana era venerado y bien recibido, era como ese tío al que se le ve un par de veces al año sin embargo, todos los sobrinos acuden a su llegada, pues trae consigo diferentes regalos que entrega sin miramientos y con una eterna sonrisa en su rostro ¿A caso el sobrino deseaba un tarro de cerveza? ¿A caso deseaba dormir entre los pechos de una mujer diferente? Lo que quisiera el sobrino, era el tío viernes quien se ofrecía a entregarlo todo en bandeja de oro sin reparar en nada, únicamente sonreía y carcajeaba, mirando como todos sus sobrinos, ciegos de lujuria, embriagados de deseo, caían hasta el profundo abismo de los excesos, en un viernes.
Sin embargo, era precisamente esta aparentemente noble cualidad del viernes la que me hacía detestarlo desde el primero de sus minutos. Esta entrega de desenfreno, de esperanza, de diversión aparentemente gratuita era lo que me hacía rechinar los dientes y maldecir a la existencia misma en cada minuto que esto durase. Detestaba el sentimiento tan asqueroso que la lastima traía consigo – pobres criaturas, se revuelcan agonizantes en el insulso ir y venir de los demás días – decía el viernes – incapaces de soportar el peso de la existencia en sus hombros, jugare con ellos un poco, seré un héroe, tendré piedad de ellos y con la benevolencia de un Dios mirare insatisfecho con los ojos llenos de vergüenza lo que mis criaturas han alcanzado. Les venderé una esperanza falsa, les daré aquello que no pueden tener y después se los he de arrebatar porque ese es mi derecho – reía el viernes mientras que transcurría con mayor lentitud, diluyendo a sus seguidores y llenando moldes seriados que arrojaba a las calles y con las que llenaba los bares y los salones de baile.
Viernes, con v de verdugo, con v de vergüenza. Era mi apocalipsis semanal en que subía al estrado y bajaba la cabeza a la espera de la hoja que vendría a cortar mi cabeza, a hacerme pagar por mis crímenes. Y si acaso me atreviese yo a pedir misericordia ante el duro tribunal, mis ojos encontrarían que desde el juez en turno, hasta los testigos presentes, todos tenían mis ojos en su rostro, los mismos ojos con que había llorado el lunes su partida, aquellos con que el martes mire lleno de odio al imbécil que patio al perro de la vecina. Ojos vacíos, ojos que miraban al pasado y eludían el contacto con el viernes, ojos que buscaban cerrarse para nunca volver a abrirse en un viernes ni en ningún otro día de la semana. Si en alguna época fui parte de aquellos que miraban con gesto de gratitud al viernes, eso había quedado atrás, en un pasado que apenas y era visible para mí, un pasado oculto entre nubarrones y frías corrientes de aire que calaban hasta lo profundo de mis huesos. Fuertes ráfagas de viento que me traían el sonido de voces de antaño cortaban mis brazos y hacían sangrar cada centímetro de este rostro que ahora se había vuelto inmutable y resuelto en la aceptación de un destino incierto, en el que definitivamente los viernes no formaban parte alguna.
Viernes por la mañana y solamente podía pensar ¿Es necesario vivir otro viernes más? Viernes con v de vuelta, viernes con v de venir, con v de venas que quieren ser cortadas y que a través de ellas se me escape el alma y sea capaz de alcanzar la elevación más añorada, elevación en la que todo sea olvidado y dejado atrás, regresar al origen, a lo eterno e inamovible. Viernes con v de verdad.  


J. Lykaios.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...