Cada día, impotentes, somos testigos de actos de traición, de odio, de violencia... no hay lugar seguro… ni dentro del vientre de una madre.
Ustedes, a pulso, han demostrado que los mejores asesinos son aquellos que predican en su contra. Los que mejor odian son aquellos que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra son aquellos que, como ustedes, predican paz.
Nunca he conocido a nadie más pobre que ustedes. Ignorantes, pero con mucho ingenio. Capaces de aprovechar al máximo su arte del engaño.
Capaces de silenciar su propio pueblo, capaces de actos por los que cualquier otro seria condenado. Sin la menor sensibilidad para dar,
Pero con un insaciable apetito para recibir, y más aún, para exigir
Carentes de espíritu e incapaces de cambiar. Enfermos al borde de la locura.
Sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores… Y por experiencias: Nada confiables. De mal comportamiento. Sin diligencia ni pureza. Con necesidad de expansión.
Gente, escuchen lo que les digo:
Cuidado con los predicadores, cuidado con aquellos que nos ven arrastrarnos y se burlan, cuidado con los están orgullosos de nuestra pobreza. Cuidado con aquellos que necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez: tienen miedo de lo que conocemos, cuidado con aquellos que buscan constantes multitudes; solos son nada.
Ellos intentarán destruir cualquier cosa que difiera de lo suyo.
Al no ser capaces de arreglar lo que han hecho considerarán su fracaso sólo como un fracaso del pueblo.
C. Calixto.
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