-Calixto Gama.
En una cama que solía ser
blanca, me encontré cavilando; trataba deliberadamente de no mirar otra cosa
que no fuese el tocador delante de mí.
Un tosco espejo hecho de
madera claramente falsa descansaba encima de él y reflejaba las brasas de mi
cigarrillo, la lúgubre obra que hacía unas horas había terminado y mi rostro.
El resplandor del ya fenecido atardecer cada vez era más tenue, cada vez más
agonizante, resaltando con delicadeza aquella imagen.
El punto al rojo vivo en el
espejo era todo lo que podía ver ahora. ¿Era el quinto cigarrillo o el cuarto?
Realmente no lo sabía.
¿Qué sabía, para empezar?,
¿era un punto o dos?, ¿se estaban moviendo? Algo temblaba en mi ser, pero no
sentía nada en lo absoluto.
Me froté los ojos para
solamente percatarme de que no me había equivocado y que aquellos puntos de
alguna manera se colocaban en el centro del cristal, emulando dos ojos de una
figura que mis ojos no lograban dilucidar.
—¿En qué puedo ayudarte?
—pregunté sin vacilar.
—Aún no lo sé —escuché en la
habitación.
Guardé silencio por un
momento. Observé hacia la derecha para asegurarme de que no había sido ella.
Fumé un poco de mi cigarrillo, me acerqué a su rostro, pero tuve problemas para
identificar donde solían estar sus oídos, exhalé el humo sobre ella y pregunté:
—¿Quién ha dicho eso,
Miranda? —No parecía tener energía para responder — ¿Fuiste tú? —cuestioné
mirando al martillo— ¿O tú? —continué, esta vez mirando a mi cajetilla.
—Aquí —dijo el espejo. Posé
mi mirada sobre él; dubitativo, fumé un poco más y exhalé.
—¿Quién eres, que no tienes
modales ni para presentarte? —La inocente noche se sumía entre los frondosos
árboles y arbustos fuera del hogar de ella.
—Soy el hambre y la sed
—replicó la figura.
—Lo siento, ya nos
terminamos la cena y no quedó... mucho. Te ofrecería un trago, pero
probablemente el brandy sólo te cause más sed —contesté mientras me levantaba
sonriendo levemente.
—Vete —me ordenó.
—Es curioso que lo digas, yo
ya me estaba yendo. —Tomé mi maletín y luego de abrirlo saqué mi "seis
luces".
Ella había entrado a mi vida
convertida en una adicción las últimas semanas y la había dejado hecha una
aflicción.
Sostuve el revolver con
fuerzas.
—Sus demonios te perseguirán
—condenó apabullante. La luz del televisor acrecentó su brillo, las alfombras
parecían derretirse sobre la madera que ardía debajo de nosotros.
—Yo ya tengo los míos,
gracias —objeté –, y todos morirán esta noche.
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