viernes, 20 de abril de 2018

Dios se vistió de negro.

-Calixto Gama.



En una cama que solía ser blanca, me encontré cavilando; trataba deliberadamente de no mirar otra cosa que no fuese el tocador delante de mí.
Un tosco espejo hecho de madera claramente falsa descansaba encima de él y reflejaba las brasas de mi cigarrillo, la lúgubre obra que hacía unas horas había terminado y mi rostro. El resplandor del ya fenecido atardecer cada vez era más tenue, cada vez más agonizante, resaltando con delicadeza aquella imagen.

El punto al rojo vivo en el espejo era todo lo que podía ver ahora. ¿Era el quinto cigarrillo o el cuarto? Realmente no lo sabía.
¿Qué sabía, para empezar?, ¿era un punto o dos?, ¿se estaban moviendo? Algo temblaba en mi ser, pero no sentía nada en lo absoluto.

Me froté los ojos para solamente percatarme de que no me había equivocado y que aquellos puntos de alguna manera se colocaban en el centro del cristal, emulando dos ojos de una figura que mis ojos no lograban dilucidar.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunté sin vacilar.

—Aún no lo sé —escuché en la habitación.
Guardé silencio por un momento. Observé hacia la derecha para asegurarme de que no había sido ella. Fumé un poco de mi cigarrillo, me acerqué a su rostro, pero tuve problemas para identificar donde solían estar sus oídos, exhalé el humo sobre ella y pregunté:

—¿Quién ha dicho eso, Miranda? —No parecía tener energía para responder — ¿Fuiste tú? —cuestioné mirando al martillo— ¿O tú? —continué, esta vez mirando a mi cajetilla.
—Aquí —dijo el espejo. Posé mi mirada sobre él; dubitativo, fumé un poco más y exhalé.

—¿Quién eres, que no tienes modales ni para presentarte? —La inocente noche se sumía entre los frondosos árboles y arbustos fuera del hogar de ella.
—Soy el hambre y la sed —replicó la figura.
—Lo siento, ya nos terminamos la cena y no quedó... mucho. Te ofrecería un trago, pero probablemente el brandy sólo te cause más sed —contesté mientras me levantaba sonriendo levemente.
—Vete —me ordenó.

—Es curioso que lo digas, yo ya me estaba yendo. —Tomé mi maletín y luego de abrirlo saqué mi "seis luces".
Ella había entrado a mi vida convertida en una adicción las últimas semanas y la había dejado hecha una aflicción.

Sostuve el revolver con fuerzas.
—Sus demonios te perseguirán —condenó apabullante. La luz del televisor acrecentó su brillo, las alfombras parecían derretirse sobre la madera que ardía debajo de nosotros.

—Yo ya tengo los míos, gracias —objeté –, y todos morirán esta noche.

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